CUENTOS

TE ESPERABA

Fue en un siglo oscuro donde el falso pudor y la hipocresía reinaban en la fastuosa España con sus reyes, nobles y vasallos danzando al ritmo macabro de las mentiras que nació Eugenia, hija de un pequeño comerciante. Desde pequeña demostró ser rebelde y desafiante, agradable pero también temible por su hablar filoso que exasperaba a más de un  hombre, en una época donde la mujer no tenía voz. Montaba y luchaba como un mozalbete, lo que no era de extrañar siendo la menor y la única mujer de una familia con seis hijos varones.
  Fue en una tarde de primavera que montando un caballo azabache paseaba por la pradera dejándose envolver por la brisa perfumada y el trino de mil aves. Iba absorta en sus pensamientos cuando de pronto la vio a lo lejos montando un blanco caballo, por la dirección de donde venía y su porte elegante supo que se trataba de la Condesa de Almaraz. Hacía pocos meses que se había casado con el conde Edgar, que de noble lo único que tenía era el título, un mujeriego, borracho, bravucón, prepotente y orgulloso, solo respetado por su inmensa fortuna.
A medida que se acercaba pudo observar un aire de tristeza en el bello rostro de facciones dulces y delicadas. Era mucho más joven de lo que pensaba, a lo sumo tendría  su misma edad, pues no creía que pasara de los veinte años.
La observó discretamente pero cuando se cruzaron no pudo evitar mirarle a los ojos y en ese instante su mundo giró en un infernal remolino de tiempo y espacio mientras sentía que un rayo fulminante atravesaba su pecho. Se alejaba aturdida cuando escuchó un grito de mujer que le hizo girar bruscamente la cabeza, justo a tiempo para ver como el caballo de la Condesa espantado por una serpiente emprendía una frenética carrera sin que su jinete pudiera dominarlo.
Eugenia no lo dudo un instante, espoleó a su azabache y se lanzó tras ella logrando al fin alcanzarle y detener su mortal carrera. Luego ayudó a la joven a descender de su montura y se sentaron a la vera del río bajo un viejo árbol de rugoso tronco.
-         Gracias- le dijo la chica aún temblorosa y agitada por la desagradable experiencia vivida, agregando con una sonrisa- si no lo hubieses detenido seguramente no lo haría hasta llegar al pueblo vecino.
Eugenia río de buena gana ante la ocurrencia y extendiendo su mano le dijo:
-         Soy Eugenia y ha sido un placer salvarte de un viaje no deseado.
-         Y yo soy….
-         Lo sé, la Condesa de Almaraz.
-         No, para ti siempre seré Lucrecia, le respondió con una sonrisa mientras los ojos se fijaron en los de ella.
Eugenia bajo la mirada, tenía la extraña sensación de conocerle pero era imposible, jamás le había visto antes.
Pasaron el resto de la tarde charlando animadas como dos simples jovencitas que intercambian sueños y secretos. Cuando comenzó a caer la noche se separaron prometiendo encontrarse al día siguiente.
Esa noche Eugenia mientras observaba a la blanca luna espiar por su ventana buscó en su corazón y su mente una respuesta a aquel cúmulo de emociones y sentimientos que le embargaban, hasta que sin encontrar respuestas y rendida por el sueño se entregó en brazos de Morfeo.
Se encontraron al día siguiente y cada tarde de aquella primavera y al fin se armó de coraje para confesarle lo que había pasado aquel primer día. Lucrecia rió de buena gana al escucharla, lo que dejo perpleja a su amiga.
-         ¿Por qué te ríes?- preguntó intrigada.
-         Porque me sucedió lo mismo- le respondió.
-         Y yo que pensaba que estaba loca.
-         No lo estás. He escuchado decir que tenemos varias vidas, seguramente antes nos conocimos y fuimos muy buenas amigas por lo que prometimos volver a encontrarnos y aquí estamos.
-         No lo dudo- le dijo Eugenia tomando su mano- y te prometo que en la próxima vida te buscaré.
Se abrazaron con fuerza prometiéndose que así sería, que más allá de la muerte se esperarían para encontrarse, lo que no sabían es que muy pronto algo terrible les separaría para siempre.
  Fue una tarde en que Eugenia notó a Lucrecia más callada que de costumbre y no fue hasta que su amiga le rogó y aún le exigió que le dijera que pasaba que confesó que Edgar la había golpeado por no quedar encinta; muchas veces la había insultado pero esta vez se descontroló  y la azotó con una correa.
Eugenia estaba furiosa pero su amiga le dijo que nada podían hacer, que la mujer no tenía derechos ni defensa frente a su marido, era su propiedad.
Las golpizas continuaron y Eugenia estaba cada día más enojada, debía hacer algo para rescatar a su amiga y lo hizo.Una noche cubriéndose en las sombras aguardó a que Edgar saliera ebrio de la taberna y lo apuñaló hasta matarle.
Alguien la vio y fue arrastrada a la cárcel a esperar ser colgada en la horca, pero no se arrepentía, su amiga sería libre al fin.
Lucrecia logró verle unos instantes antes de su muerte y llorando le prometió buscarle en su próxima vida, a lo que Eugenia respondió:
-         Te estaré esperando.
El cuerpo inerte cuelga de la horca, y el pesado reloj de arena del destino gira y gira hasta llegar al siglo XXI, a una sala de Hospital donde una joven enfermera toma su turno en el Centro de Tratamiento Intensivo.
-¿Qué haces acá María? – pregunta alguien de la administración
- Cambié mi turno con Mercedes, ella tenía algo que hacer. ¿Qué novedades hay?
- Solo un traslado, una chica que tuvo un accidente y aunque aparentemente no hay nada mal en ella, no despierta.
- Eso es raro, iré a verla.
María se acercó a la cama y al ver a la joven sintió un escalofrío, de pronto su mundo giraba en un infernal remolino de tiempo y espacio mientras sentía que un rayo fulminante atravesaba su pecho.
La paciente abrió sus ojos y dijo suavemente:
- Te esperaba.



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EL INDIO Y LA LUNA
  Hasta mí llegó una antigua leyenda, trátase la misma de un joven indio, valiente, astuto, arrogante, hijo de un cacique y una hermosa mujer blanca. El joven Manca-Tuapé heredó de su madre la pura belleza y algo de su sensibilidad y de su padre todos los rasgos que caracterizan a su raza.
  Según dicen, el cacique rescató a la joven de una tribu enemiga que asesinó a su familia,  y la hizo su esposa llegando a amarla profundamente; también dice la leyenda que la joven correspondió a ese amor; quizás por el hijo que de él tenía, quizás porque aprendió a penetrar en aquella alma llena de encontradas pasiones como el odio y el amor, la ternura y el desprecio, o talvez porque entendió la razón que llevaba a aquellos seres a oprimir hasta ahogar los más cálidos sentimientos.
  Hermosa y dulce era la mujer, muy hermosa en verdad, largos sus claros cabellos, tierna su azul mirada, esbelta como un junco, frágil como una rosa, su porte majestuoso y sereno le hacían parecer ante la tribu una diosa.
  Ocho años tenía Manca-Tuapé, ocho años cuando murió su madre, serena, en silencio como había vivido, con una sonrisa nostálgica en sus labios. Fue un cálido amanecer de primavera que su vida se apagó, como se apaga la imagen de la luna en el río cuando el sol aparece. Mucho la lloró el niño, mucho la lloró el padre, la lloraron en silencio porque el llorar es de cobardes.
  El niño se hizo hombre, un hombre de incomparable belleza; su cuerpo bronceado y ágil, su porte de arrogancia innata en su raza, si mirada profunda como un abismo, penetrante como un rayo, nostálgica como la de su madre; en valor y destreza nadie le superaba. Las mujeres de su tribu le amaron pero él no amo a ninguna, pues el amaba a al luna; a la luna pálida como su madre.
 Se enamoró de ella una noche cuando de regreso de una cacería sediento se inclinó a beber en el río y allí la vio reflejada. Muchas veces había visto a la luna, pero aquella vez fue diferente, pues la imagen en el agua tenía rostro de mujer, una hermosa mujer que le miraba con dulzura.
 Metióse  en el río y quiso besar sus labios, pero ella burlona huyó y se escondió tras una nube hasta que él regresó a la orilla; cuantas veces intentaba besarla ella se escondía, hasta que desistió y se limitó a contemplarla hasta el amanecer.
   Todas las noches el indio regresaba para ver a la luna, que se tornaba cada vez más y más pálida, hasta que desapareció por completo. Traspasado de dolor regresó a la tribu y cuando al fin se durmió, soñó que la luna en forma de mujer bajaba y se entregaba a él.
    A la mañana siguiente partió a una cacería que duró varios días, cuando regresó fue nuevamente al río y con gran alegría descubrió que allí estaba. Sus visitas se repitieron cada noche y para halagarle le llevaba diversos presentes; hermosas y exóticas flores para que adornara su cabellera de plata, las mejores presas que cazaba o deliciosos frutos del bosque, los que con humilde y tierna devoción depositaba en la orilla del río, allí donde el agua los besaba. Su corazón rebosaba de emoción y gratitud al ver que al día siguiente ya no estaban, pues pensaba  que ella aceptaba sus ofrendas de amor porque también le amaba.
Así los días transcurrían y el era inmensamente feliz, su mirada tenía un brillo diferente, y hasta parecía que en su boca se esbozaba una sonrisa, pero aunque todos lo notaron nadie se atrevía a preguntarle al respecto, y su secreto se mantuvo a salvo. 

  Una noche se encontró nuevamente con que la luna no estaba, grande fue su dolor, pero esta vez en lugar de regresar a la tribu permaneció allí con los ojos fijos en el río, esperando ver a su amada.
Una diosa que le amaba estaba observando, y al darse cuenta de lo que pasaba quiso vengarse, pues él había despreciado su amor. Así pues se acercó y le preguntó que sucedía, a lo que él respondió que amaba a la luna pero ella ya no estaba. Con falsa amabilidad le explicó que una vez cada tanto la luna moría para luego resucitar más bella y brillante; y que eso sería hasta que un hombre enamorado la salvara. Para ello, él debía arrancar su corazón y tirarlo al río cuando ella estuviera allí reflejada.
Manca Tuapé agradeció a la diosa y regresó a su tribu dispuesto a entregar su corazón para salvar a la luna. Cada noche regresó y cuando al fin apareció su amada, sin dudar un instante sacó su cuchillo, abrió su pecho y arrancando su corazón lo tiró al río, llevándose antes su mano ensangrentada a los labios, para enviar a la luna un último beso.
  La luna lloró sobre el valiente indio, que tanto le amara y le baño con sus rayos de plata; pero no había dolor en el rostro de Manca Tuapé, sino paz, la suave sonrisa que sus labios esbozaban le hacían parecer dormido, y la sangre de su pecho brotada, un ramo de rosas rojas bañadas de rocío.
  La diosa del amor que esta tierna y conmovedora escena observaba, quiso recompensar el sacrificio del valiente y noble indio, así fue que convirtió su alma en una brillante y hermosa estrella, para que pudiera vivir eternamente con su amada.
  También dice la leyenda que desde ese día las almas de aquellos que en esta vida vivieron atormentados por un amor imposible al morir se transforman en estrellas.


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                                                            EL NIÑO Y EL GATO



  En una hacienda, hace ya algunos años, vivían un joven matrimonio con su único hijo…
Mientras Paco hablaba con esa voz cálida, varonil, segura (de los hombres que saben de la vida y de la gente), yo con mi imaginación veía el lugar, un antiguo caserón de paredes blancas y techo de tejas que tenía numerosas habitaciones con piso de madera y grandes ventanales con balcones de hierro forjado, puertas altas que daban a un amplio corredor; donde en las tardecitas se reunía la familia a merendar sentadas en sillones de mimbre con almohadones floreados. No podía faltar el sillón hamaca donde la madre con el niño en brazos trataba de hacerle conciliar el sueño, para luego colocarlo en su cuna.
¿Y la cocina? Esa habitación muy amplia, con una larga mesa y bancos de madera, su cocina a leña donde todo el día hervían tachos con diferentes delicias, que si la comida del mediodía o la cena, el dulce de leche, el de higo o ciruelas, la compota para el niño, o el pan casero, hasta me parecía sentir los olores…
  - La hacienda tenía un gran patio cercado rodeando la casa, un bello jardín con variedad de flores y plantas, y también un hermoso huerto con árboles frutales; un viejo nogal, un par de higueras, dos o tres ciruelos, manzanos y limoneros- dijo Paco volviéndome a la realidad
- En el patio había un aljibe con una bomba que abastecía de agua toda la casa, pero vaya si había que bombear para lograrlo- agregó el trotamundos con una sonrisa.
    Volví a mi letargo y vi a la mujer bombeando para llenar aquel condenado tanque, mientras en la cocina las ollas hirviendo daban un concierto de golpes y silbidos.
    … ¿Y el niño? ¿Dónde estaba el niño? Allí está, en el patio no muy lejos de la casa. No tiene más de 4 años, cabellos de un negro azabache y grandes ojos castaños, juega tranquilo con un carrito de madera y un hermoso gato tan negro como su cabello.
    Pronto el gato se cansó de los paseos que su pequeño amo insistía en darle y en un descuido se escapó; pero el niño no se inmutó, llenó el carro con arena y así estuvo largo rato transportando la carga de un punto a otro del patio.
La madre estaba tranquila porque sabía que el pequeño no era travieso, por el contrario siempre obedecía las órdenes de su mamá:
-                    No te trepes a los árboles porque puedes caerte y hacerte daño.
-                    No metas ninguna hoja o fruto en la boca, pues en esta zona hay muchas plantas peligrosas.
-                    No juegues con cuchillos o herramientas de tu papá porque puedes cortarte…
-                    Pero lo más importante ¡No juegues jamás en el fondo del huerto! Porque hay lugares que son propicios para que las víboras hagan sus cuevas, y aunque tu papá siempre está muy alerta por si aparece alguna, nunca se sabe.
Con todas estas recomendaciones y sabiendo que su pequeño era un niño muy obediente, la buena mujer se enfrascaba en las múltiples tareas del hogar, dando una vuelta de tanto en tanto para ver que todo estuviera bien.
    Ese había sido un día especialmente arduo, pues aprovechando las frutas de estación se había dado a la tarea de envasar para el invierno, así que después de dar un par de vueltas para ver en que se entretenía su pequeño y encontrarle muy ocupado con su carro de madera, volvió a sus tareas.
El tiempo paso rápido mientras preparaba y ordenaba en los estantes de la alacena frascos de deliciosas conservas.
    En tanto el niño cansado de su juego decidió ir en busca de su gato, por allá lo vio y fue hacia él, pero el felino no estaba dispuesto a dejarse atrapar tan fácilmente, así que corrió hacia el fondo del huerto; el pequeño se detuvo, titubeó por un instante y luego con esa cálida inocencia que caracteriza a los niños y ajeno al peligro, corrió tras él olvidando la advertencia de su madre.
Le vio ocultarse entre las hojas de una gran planta, se agachó, extendió su mano y al hacerlo sintió un agudo dolor; seguramente el minino le había mordido para evitar que lo atrapara, si, seguramente fue eso.
Luego, comenzó a sentir frío; un profundo letargo se apoderó de él, claro, no había dormido su siesta, sin darse cuenta se acostó lentamente en el suelo, allí mismo en el fondo del huerto; la brisa cálida lo acarició y se durmió profundamente.
    Mientras en  la cocina su madre tapó el último bollón y suspiró aliviada.
- Vaya que tarde se ha hecho y Agustín que no vino a merendar, ¡si estará entretenido en sus juegos! Ese niño es un sol, siempre tan tranquilo y obediente, iré a buscarlo.
Llegó pero no se encontraba donde lo había dejado, su carrito aún cargado de arena había sido abandonado en medio del patio.
- ¡Qué raro, ¿Dónde estará? Se preguntó la madre.
Agustín, Agustín ¡Responde hijito!
- Seguro que fue a recoger huevos al gallinero, ese niño mío es un tesoro.
Pero Agustín no estaba el gallinero, ni en el cobertizo, ni en ningún otro lugar donde solía frecuentar.
Ya no había donde buscar, o sí, en realidad aún no había buscado en el huerto.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
-                    Seguro que fue a buscar algunas frutas para ayudarme a preparar las conservas, ese chiquillo es todo un hombrecito, siempre ayudando- se dijo la madre con una sonrisa de orgullo.
Pero una vez más se equivocó, tampoco estaba juntando frutas…Solo quedaba un lugar.
-                    Pero no, es imposible, mi niño jamás me desobedecería, pero es mejor asegurarse.
  Un nudo oprimía la garganta y el pecho de la mujer, su corazón se aceleraba con cada paso, de pronto lo vio, allí, acostadito en el suelo, en el fondo del huerto, junto a una gran planta.
-   ¡Agustín, hijo! ¿Qué haces?
Pero el pequeño no respondió; corrió hacia él y lo tomó en brazos.
-                    ¡Mi niño, mi niño, despierta! – le suplicaba la madre besándolo, pero él seguía dormido profundamente.
-                    Que frío y pálido estás hijito; vaya enfriamiento te has pescado – decía apretándolo contra su cuerpo para darle calor.
-                    Vamos, vamos con papá – dijo mientras caminaba de regreso a casa.
  Besó su rostro y sus manitas pequeñas, tan dulces, tan frías,  y aquellas dos marquitas en un de ellas…
-                    Seguro te lastimaste con alguna rama – dijo con voz compasiva.
Su marido le vio llegar con su preciosa carga y notó algo extraño que le hizo correr hacia ellos.
-                    ¿Qué ha pasado mujer? ¿Qué tiene el niño?
-                    Nada, sólo duerme, está cansado, es que ha jugado tanto – le respondió con un suspiro.
José observó a su hijo, tomó su pulso, pero nada, ¡nada! Solo silencio, un profundo silencio, no había latidos, no había aliento…
-                    ¡Está muerto mujer! ¡El niño está muerto!
-                    ¡No, no! Solo duerme, ¡Está durmiendo!
-                    José sacudió a su esposa – está muerto, está muerto – repetía con la voz quebrada por el dolor.
-                    ¡No, no! ¡Solo duerme! duerme, está durmiendo, gritaba la madre desesperada y enloquecida por la terrible realidad…
-                    Despierta querida, vamos, despierta.
La mujer abrió los ojos, estaba en su cama, agitada, aturdida, sobresaltada, aún sin entender preguntó- ¿El niño, donde está el niño?
-                    Calma querida, cálmate, está todo bien, el niño duerme en su habitación.
-                    Pero, pero – balbuceaba confusa
-                    Estabas soñando, seguramente has tenido una pesadilla, algo que comiste en la cena te hizo mal – le decía José mientras la abrazaba.
-                    Pero yo, yo – repetía ella aún sin convencerse.
-                    Ven, vamos al cuarto de Agustín así te tranquilizas - le dijo su esposo mientras amorosamente le llevaba a la habitación contigua.
Allí estaba el pequeño durmiendo placidamente, ella se inclinó, acarició sus cabellos y le besó, tomó sus manitas buscando las marcas y… Nada, no había nada, las besó una y otra vez, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
-                    ¿Ya ves? Todo está en orden le dijo con ternura José – todo ha sido un sueño.
-                    Sí, es verdad, todo fue un sueño, un mal sueño.




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UNA IMAGEN EN EL AGUA

  Era una hermosa mañana de otoño, la brisa suave y aún cálida acariciaba con ternura mi rostro mientras el sol bañaba los árboles y con sus rayos sobre las rojas hojas les hacía parecer enormes fogatas.
Respiré profundo, el aire impregnado de mil perfumes distintos me transportó al pasado y mi vida pasó frente a mí; la niña de ayer vino corriendo y tomándome de la mano me invitó a brincar, después llegó la joven enamorada entrando el la Iglesia a celebrar los votos matrimoniales y luego….Nada, mi vida solo era un gran vacío.
Caminaba lentamente quería disfrutar del maravilloso paisaje; mi vista se detuvo en un grupo de chiquillos que jugaban alegres y despreocupados; más allá, algunas parejas de jóvenes conversaban animadamente; ¡Cuántos sueños se tienen a esa edad!
Pero lo que más me conmovió, fue una pareja de ancianos que tomados amorosamente de las manos contemplaban el río como si por primera vez lo estuvieran descubriendo, al verles tan enamorados una sonrisa se dibujo en mis labios cansados.
Luego mi mirada se detuvo en una anciana sentada solitaria en un banco, se notaba que había sido una hermosa mujer porque su rostro aún guardaba algunos rasgos de su belleza, no sé porque me estremecí al verla, quizás por la tristeza que leí en sus ojos, o por la melancolía que la rodeaba…
  De pronto una extraña sensación de vacío se apoderó de mí, el repentino vértigo me obligó a dejarme caer en la hierba, pues temí desmayarme.
¿Qué me pasa? - me pregunté-  quizás me haya bajado la presión, sí, seguro que es eso, el día está tan extrañamente cálido para esta época que nuestro cuerpo se desequilibra.
Allí sentada en la verde alfombra, tuve oportunidad de observar cosas en las que no había
prestado atención estando de pie, una de ella era los pequeños círculos que se formaban en el río cuando algo rozaba sus aguas, en esto estaba cuando me sobresaltó un rostro cansado y arrugado que allí reflejado me miraba; bruscamente me volví pensando encontrar a la anciana parada a mis espaldas, pero no, no había nadie, ella seguía en el banco cabizbaja, nostálgica, y totalmente ajena a lo que me estaba pasando.
  Nuevamente fijé mis ojos en el río y allí estaba la desconocida imagen.
-¿Qué buscas?- me preguntó.
- Aún aturdida por la sorpresa balbuceé - ¿Quién eres?
- Soy tú – respondió de inmediato.
- ¿Yo? ¿Qué broma es esta? Ángel o demonio, reencarnación, visión, cómo diablos te llames, ¡apártate de mi vista!
¿Qué sucede? ¿Tienes miedo? ¿Miedo de ver tu futuro? ¡Cobarde!
-¿Tú quién eres para increparme alucinación de mi mente?
-Ya te lo he dicho, soy tú.
-Tonterías, yo soy joven, mira mi rostro, no hay arrugas en él.
-Sí, aún no las tienes, aún tu piel es tersa y joven, ¿Pero por cuanto tiempo?
-¿qué quieres? ¿Por qué me planteas eso? Ya sé que con los años pierde la piel su elasticidad y belleza, ¿Pero que importa eso?
No. Ahora no importa…
-Anda, ¡habla claro! ¿Qué quieres decirme?
-Ya te lo he dicho. Qué eres cobarde.
_Qué sabes tú de mí.
-Todo, todo lo sé de ti terca mujer, yo soy tú.
No te comprendo, no entiendo tu juego de  palabras.
-¿Quieres que sea más clara?
- ¡Por supuesto! Me gusta la verdad ante nada.
-¿estás segura?
¡Claro! – Respondí ofendida- ¿Qué insinúas? 
La muy desfachatada imagen sonrió enigmática, lo cual me exasperó.
-         Anda, habla- la reté con rabia.
-         Tú lo has pedido, no lo olvides.
-Nada tienes que decir de mí, soy una buena esposa, apoyo organizaciones de caridad, mis vecinos me estiman, ¿Qué tienes que decir de mí?
-Sé que amas profundamente a alguien, pero no estás junto a él porque no te atreves a romper un falso matrimonio por temor a lo que dirá la gente aún sabiendo que tu marido te es infiel, pues siendo tan cobarde y cómodo como tú no quiere romper esa absurda rutina que se empeñan en llamar matrimonio, tan solo para conservar las apariencias.
Un rayo me atravesó el alma lo que decía era verdad, pero no me iba a rendir tan fácilmente ante sus palabras así que le respondí con el resto de mis fuerzas:
- Pero, ¡Yo lo quiero!
- Cómo a un hermano quizás, como a un amigo tal vez.
- Pero son veinte años de matrimonio, - argumenté ya con menos fuerzas - ¿Cómo voy a dejarle ahora? , no, no, ¡Es una locura!
- Locura es enterrarte en vida a los treinta y nueve años, como lo estás haciendo, tan solo por no tener valor para enfrentar los obstáculos y alcanzar el verdadero amor.
Recuerda, el amor no es rutina, no es costumbre, no es cansancio, no es  otoño, es primavera, es un renacer constante de sentimientos y sensaciones.
- ¡Calla! No quiero escucharte, tú eres, tú eres…
- Yo soy tu futuro, tu destino y quiero ser feliz, pero en ti está que lo sea, mira, ¡Mira a esa solitaria anciana! ¿Es acaso eso lo que quieres para terminar tu vida?
- No, no, claro que no, yo, yo… Mi voz se apagó lentamente y mis ojos buscaron inconscientemente a la pareja de ancianos.
Allí estaban, tan enamorados que sonreí con ternura al contemplarlos.
Respiré hondo y me volví hacía el río para continuar defendiéndome pero solo había agua, la imagen se había esfumado.
-¿Dónde te has metido? – pregunté.
Pero nadie respondió, solo el alegre canto de las avecillas en los árboles.
Una cálida ráfaga de aire besó con ternura mis mejillas, fue como el dulce beso de un amante suave y prolongado que me estremeció y me hizo despertar de mi letargo.
Aturdida aún y con vergüenza miré alrededor buscando alguna señal de asombro en los rostros, pero nada, los niños seguían jugando felices, los jóvenes seguían soñando, los ancianos amando y mi solitaria amiga seguía recordando y quizás lamentando por los desafíos de la vida que no se había atrevido a enfrentar o los momento s felices que había dejado pasar ¿Quién podría saberlo?
Me paré lentamente, tenía tiempo, aún tenía tiempo, pero antes de hacerlo miré una vez más al río con la esperanza de encontrar a la imagen, pero todo lo que ví fue mi propio rostro, ahora con un extraño y nuevo brillo en sus ojos.
Camine lentamente y me acerqué a la solitaria anciana, ella levantó la cabeza y me miró con una dulce sonrisa en aquellos ajados labios, sin decir palabra tomé sus manos y besé su frente.
Luego me alejé, dispuesta a hablar con mi esposo.



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